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El discurso politico mas impactante de los ultimos 50 años

El 2 de enero de 2026, el primer ministro de Canadá pronunció en Davos uno de los discursos políticos más impactantes de los últimos 50 años, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial. Hay mucho en este discurso sobre lo que el gobierno y el pueblo de México pueden reflexionar.

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció un discurso de notable rigor analítico y profundidad intelectual en el Foro Económico Mundial, celebrado en Davos, Suiza, el 20 de enero de 2026. La intervención ofrece abundante material de reflexión para audiencias políticamente informadas en todo el mundo. Sin embargo, son pocos los países a los que sus argumentos interpelan de manera tan directa —y para los cuales sus implicaciones resultan tan oportunas— como México. A continuación, se presenta un examen sistemático del discurso, analizado sección por sección.

Cito las introducción textualmente:

"Es un honor —y también una responsabilidad— estar hoy con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo. Hoy quiero hablar de la fractura del orden internacional, del fin de una narrativa cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica entre las grandes potencias ya no reconoce límites.Pero también quiero subrayar que otros países —en particular las potencias medias, como Canadá— no están condenados a la impotencia. Tienen la capacidad de contribuir a la construcción de un nuevo orden que refleje nuestros valores: el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad."

"Todos los días se nos recuerda que vivimos en una era de competencia entre grandes potencias; que el orden internacional basado en reglas se debilita; que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides suele presentarse como inevitable, como si la lógica de las relaciones internacionales se impusiera sin alternativa. Y frente a esa lógica, muchos países sienten la tentación de acomodarse, de evitar conflictos, de confiar en que la obediencia garantice seguridad. No es así."

Para quienes no estén familiarizados con el aforismo de Tucídides, este hace referencia a un pasaje célebre de La historia de la guerra del Peloponeso, en particular al Diálogo de los melios (siglo V a. C.): «Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Esta afirmación sintetiza la teoría realista en las relaciones internacionales, la cual sostiene que la política internacional está determinada principalmente por la búsqueda de poder, seguridad y supervivencia, y pone en duda la viabilidad de un orden internacional verdaderamente basado en reglas.

Carney cita a continuación un pasaje de un ensayo de 1978 del disidente checo Václav Havel, quien más tarde se convertiría en el presidente de facto de Checoslovaquia en diciembre de 1989. En dicho pasaje, Havel explica cómo el régimen comunista logró mantener el control sobre la sociedad a pesar de que su legitimidad se sustentaba en una falsedad ampliamente reconocida. Carney utiliza posteriormente este argumento como metáfora para describir el comportamiento de los Estados que, hasta ahora, han aceptado o se han acomodado a la hegemonía de Estados Unidos.

"En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista? Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este comerciante coloca un cartel en el escaparate de su tienda: «¡Trabajadores del mundo, uníos!». No lo cree. Nadie lo cree. Pero coloca el cartel de todos modos: para evitar problemas, para mostrar conformidad, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hace lo mismo, el sistema perdura. No solo mediante la violencia, sino a través de la participación de personas comunes en rituales que, en privado, saben que son falsos.

Havel llamó a esto «vivir en la mentira». El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdadero. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando siquiera una persona deja de actuar —cuando el verdulero retira su cartel— la ilusión comienza a resquebrajarse.

Ha llegado el momento de que las empresas y los países bajen sus carteles."

Lo que sigue en el discurso es especialmente poderoso y abiertamente acusatorio. Carney hace un llamado a Canadá —y a la comunidad internacional en su conjunto— a “retirar el cartel de la ventana”. Al hacerlo, no solo reconoce de manera explícita la existencia de la hegemonía estadounidense —un tema a menudo tabú entre los aliados de Estados Unidos—, sino que también sostiene que, en el pasado, resultaba conveniente “vivir en la mentira” porque Estados Unidos proveía bienes públicos globales fundamentales, como rutas marítimas abiertas, estabilidad financiera y seguridad colectiva.

Carney argumenta que este pacto implícito se ha derrumbado. A medida que Estados Unidos avanza en el desmantelamiento o la erosión de estos bienes públicos, ya no existe justificación para aceptar los costos de la subordinación sin los beneficios correspondientes. A mi juicio, este constituye el pasaje más valiente del discurso: una acusación directa y poco habitual contra Estados Unidos y, de manera más específica, contra la administración Trump.

"Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos incorporamos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Bajo su amparo, pudimos impulsar políticas exteriores guiadas por valores. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximían de cumplirlas cuando les convenía. Que las normas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor, dependiendo de quién fuera el acusado o la víctima. Esta ficción resultó útil y, en particular, la hegemonía estadounidense contribuyó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y el respaldo a mecanismos para la resolución de disputas. Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Este pacto ya no funciona.

Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis —financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas— dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como instrumento de presión. La infraestructura financiera como mecanismo de coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que pueden explotarse. No se puede «vivir en la mentira» del beneficio mutuo a través de la integración cuando la propia integración se convierte en la fuente de la subordinación. Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP, la arquitectura de la solución colectiva de problemas— se han visto profundamente debilitadas.

Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica, en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas dejan de protegerte, debes protegerte tú mismo. Pero seamos lúcidos sobre a dónde conduce este camino. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible."

Este pasaje de Carney sostiene que, cuando las grandes potencias abandonan las reglas y los valores en favor de un ejercicio puramente transaccional del poder, su capacidad de sostener influencia se erosiona. Ante este contexto de creciente incertidumbre, los aliados optan por diversificar sus relaciones para reducir vulnerabilidades y gestionar riesgos, lo que da lugar a una concepción de la soberanía basada en la resiliencia. El texto concluye que, aunque la autonomía estratégica implica costos, estos pueden mitigarse mediante inversiones colectivas, estándares compartidos y cooperaciones complementarias, más eficientes que el repliegue aislacionista.

"Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores en favor de la búsqueda irrestricta de su poder y de sus intereses, los beneficios del «transactionalismo» se vuelven cada vez más difíciles de reproducir. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán para cubrirse frente a la incertidumbre. Contratarán seguros. Ampliarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía: una soberanía que antes se sustentaba en reglas, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir presiones.

Como he dicho, esta gestión clásica del riesgo tiene un costo. Pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada país construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades generan beneficios de suma positiva."

Carney ahora analiza la respuesta estratégica de Canadá ante la transformación del orden internacional y el retorno de la rivalidad entre grandes potencias. Sostiene que, para las potencias medias, la adaptación es inevitable, pero que esta no debe limitarse a estrategias defensivas. Canadá propone un enfoque de «realismo basado en valores», que combina el compromiso con principios fundamentales —como la soberanía, la integridad territorial y los derechos humanos— con un pragmatismo orientado a maximizar la influencia en un entorno global incierto. Esta estrategia se apoya tanto en la recalibración de las relaciones internacionales como en el fortalecimiento de las capacidades internas del país.

"La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso. Canadá estuvo entre los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a modificar de manera fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que la vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado «realismo basado en valores» o, dicho de otro modo, buscamos ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea conforme con la Carta de las Naciones Unidas, y el respeto a los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos involucramos de manera amplia y estratégica, con los ojos bien abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, en lugar de esperar al mundo que desearíamos que fuera.

Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando una participación amplia para maximizar nuestra influencia, dadas la fluidez del orden mundial, los riesgos que ello implica y lo que está en juego en lo que viene. Ya no confiamos únicamente en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza. Y estamos construyendo esa fortaleza en casa."

Carney continua describiendo el giro estratégico del gobierno canadiense desde su llegada al poder, centrado en el fortalecimiento de la capacidad económica y geopolítica del país. Destaca la reducción de impuestos, la eliminación de barreras internas al comercio y la aceleración de inversiones estratégicas en sectores clave como energía, inteligencia artificial y minerales críticos, junto con un aumento sustancial del gasto en defensa orientado al desarrollo industrial nacional. En el plano internacional, subraya una rápida diversificación de alianzas mediante acuerdos estratégicos, comerciales y de seguridad con socios en Europa, Asia, América Latina y Medio Oriente. 

"Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido los impuestos sobre los ingresos, las ganancias de capital y la inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando inversiones por un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más.

Estamos duplicando nuestro gasto en defensa de aquí a 2030, y lo estamos haciendo de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales. Estamos diversificándonos rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, que incluye nuestra adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de adquisición en materia de defensa. En los últimos seis meses, hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, hemos concretado nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando acuerdos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur."

El siguiente pasaje expone una estrategia de “geometría variable” mediante la cual Canadá promueve coaliciones flexibles, basadas en valores e intereses compartidos, para abordar distintos desafíos globales. A través de su participación activa en seguridad, comercio, minerales críticos e inteligencia artificial, el enfoque prioriza alianzas funcionales y pragmáticas por encima de un multilateralismo tradicional debilitado. La estrategia busca construir redes densas de cooperación que fortalezcan la resiliencia colectiva de las potencias medias y maximicen su capacidad de influencia en un entorno internacional competitivo. Este enunciado me llamó la atención: "Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú." Esperamos que México esté listo para sentarse a la mesa y no estar en el menú de Estados Unidos.

"Para contribuir a la solución de los problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: distintas coaliciones para distintos temas, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos un miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En materia de soberanía ártica, respaldamos firmemente a Groenlandia y a Dinamarca, y apoyamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Estamos trabajando con nuestros aliados de la OTAN —incluidos los Países Nórdicos y Bálticos (NB8)— para reforzar los flancos norte y occidental de la Alianza, entre otras cosas mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia militar sobre el terreno. Canadá se opone firmemente a la imposición de aranceles vinculados a Groenlandia y hace un llamado a entablar diálogos focalizados para alcanzar objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.

En comercio plurilateral, estamos encabezando los esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1,5 mil millones de personas. En minerales críticos, estamos conformando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificar sus fuentes de suministro y reducir la dependencia de concentraciones excesivas. En inteligencia artificial, estamos cooperando con democracias afines para garantizar que no terminemos viéndonos obligados a elegir entre hegemonías y grandes plataformas tecnológicas.

Esto no es un multilateralismo ingenuo, ni una apuesta por instituciones debilitadas. Es la construcción de coaliciones que funcionan, tema por tema, con socios que comparten suficientes puntos en común como para actuar conjuntamente. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es la creación de una densa red de vínculos en comercio, inversión y cultura, de la cual podremos valernos frente a los desafíos y oportunidades del futuro. Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú."

Carney pasa ahora a advertir del riesgo que supone para una potencia media actuar por su cuenta. Una idea clave es que una potencia media, cuando actúa por su cuenta, termina ejerciendo una soberanía meramente aparente.

"Las grandes potencias pueden darse el lujo de actuar por su cuenta. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar y la influencia necesarios para imponer condiciones. Las potencias medias no. Pero cuando negociamos únicamente de manera bilateral con una potencia hegemónica, lo hacemos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo marcado por la rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios enfrentan una disyuntiva: competir entre sí por el favor de otros, o unirse para construir una tercera vía con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte —si decidimos ejercerlo juntos."

Ahora Carney exhorta a que las potencias medias reconozcan la realidad y aprendan a “vivir en la verdad”. Y la verdad es que hoy vivimos en un período de rivalidad creciente entre grandes potencias, en el que las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como instrumento de coerción. El llamado “orden internacional basado en reglas” ha dejado de existir.

Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”? Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en reglas” como si todavía funcionara tal como se promete. Llamar al sistema por lo que es: un período de rivalidad creciente entre grandes potencias, en el que las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como un instrumento de coerción. Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales.

Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que proviene de una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, seguimos dejando el cartel en la ventana. Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que se restablezca el viejo orden, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe. Y significa reducir las palancas que hacen posible la coerción. Construir una economía nacional sólida debe ser siempre la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica; es el fundamento material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas de principios al reducir su vulnerabilidad frente a represalias.

En el siguiente pasaje, Carney sostiene que Canadá posee los recursos, valores y capacidades necesarias para actuar con decisión ante la ruptura del orden internacional, subrayando la importancia de reconocer la nueva realidad global y rechazar la nostalgia como estrategia.

Canadá tiene lo que el mundo necesita. Somos una superpotencia energética. Contamos con vastas reservas de minerales críticos. Tenemos a la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversionistas más grandes y sofisticados a nivel global. Disponemos de capital, talento y de un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión.

Y contamos con los valores a los que muchos otros aspiran. Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable —en un mundo que dista mucho de serlo—, un socio que construye y valora las relaciones a largo plazo. Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. Estamos retirando el cartel de la ventana. El viejo orden no va a regresar. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.

Y finalmente, termina Carney termina su discurso asi:

"Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más pueden ganar en un mundo de cooperación genuina. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir fortaleza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos de manera abierta y con confianza. Y es un camino plenamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros."


Reflexiones finales

En su intervención ante el Foro Económico Mundial en Davos, el primer ministro Mark Carney presentó una visión particularmente firme y basada en principios sobre el papel de Canadá en el orden económico internacional. Sin mencionar de manera explícita a Estados Unidos ni al presidente Trump, Carney formuló un rechazo claro al uso creciente de la coerción económica, al unilateralismo y a las relaciones basadas en la fuerza, y reafirmó el compromiso canadiense con un sistema internacional basado en reglas, sustentado en el respeto mutuo y la certidumbre jurídica.

En el argumento de Carney se encuentra implícito un dilema más amplio que hoy enfrentan las potencias medias. Estos países parecen tener un margen de maniobra cada vez más reducido: por un lado, aceptar y adaptarse a presiones coercitivas con el objetivo de reducir costos económicos en el corto plazo; por otro, resistir dichas presiones mediante la diversificación de alianzas y el fortalecimiento del multilateralismo junto con países afines. Carney dejó claro que Canadá ha optado por esta segunda vía, aun cuando ello implique tensiones con algunos de sus socios más cercanos.

Carney advirtió, además, que aceptar la coerción no es únicamente una concesión material. En su planteamiento, una soberanía meramente formal, alcanzada a través de la sumisión, resulta en última instancia ficticia, pues obliga a los gobiernos a “vivir una mentira”: conservar las apariencias de autonomía mientras se renuncia a una verdadera capacidad de decisión. Este enfoque moral desplaza el debate más allá de la política comercial y lo sitúa en el terreno de la legitimidad democrática y la autodeterminación nacional.

Para México, este marco analítico plantea interrogantes complejas y políticamente sensibles. La administración mexicana actual ha priorizado, de manera comprensible, la estabilidad y la desescalada en su relación con Estados Unidos, adoptando una postura prudente y pragmática orientada a evitar confrontaciones en un contexto de profunda asimetría. Es posible que esta estrategia parta de la premisa de que las políticas actuales de Estados Unidos representan una desviación transitoria y que una futura administración restablezca un entorno más predecible y cooperativo.

No obstante, esta expectativa podría resultar excesivamente optimista. Aun bajo una eventual administración demócrata, las restricciones políticas estructurales dentro de Estados Unidos —incluida la polarización legislativa y el respaldo persistente de un sector relevante del electorado a posiciones de nacionalismo económico— probablemente dificulten un retorno pleno al statu quo previo. En áreas como los aranceles, la seguridad de las cadenas de suministro y la política industrial, todo indica que la etapa de un comercio estadounidense ampliamente liberalizado ha quedado atrás.

En este contexto, el discurso de Carney puede leerse como un punto de referencia útil para el debate estratégico más allá de Canadá. Resulta llamativo que, pese a enfrentar presiones similares por parte de Estados Unidos y compartir la condición de potencias medias, Canadá y México parezcan estar siguiendo rutas divergentes y manteniendo un nivel limitado de coordinación entre sí. Queda por verse si esta falta de convergencia es sostenible en el mediano y largo plazo.

Sería oportuno que en México se abriera una reflexión seria sobre los principios planteados por Carney, no como un llamado a la confrontación, sino como una invitación a explorar alternativas para preservar la soberanía efectiva, la credibilidad internacional y la autonomía estratégica en un entorno global cada vez más marcado por la coerción. Un diálogo más profundo entre México y Canadá en torno a estos temas sería deseable —y podría fortalecer la posición de ambos países en los años por venir.

Se puede encontrar el texto del discurso orignial aqui: https://www.pm.gc.ca/en/news/speeches/2026/01/20/principled-and-pragmatic-canadas-path-prime-minister-carney-addresses